Roma: una ciudad que nunca se termina de conocer
Roma permite hacer algo extraordinario: entrar caminando a edificios antiquísimos
21 septiembre, 2026 1:50 pm
Mi historia con Roma comenzó mucho antes de conocerla.
Tenía 14 años y estudiaba en Estados Unidos cuando, en la clase de literatura inglesa, me encargaron leer Julio César, de William Shakespeare. Decir que fue una tarea escolar sería injusto, porque leer nunca había representado para mí una obligación. Aquella historia me fascinó.
Estudiaba cerca de Milwaukee, Wisconsin, y ocurrió una de esas coincidencias que después adquieren otro significado: tuve la oportunidad de ver la obra representada en vivo. Nunca supe si el maestro nos había pedido leerla precisamente porque sabía que se presentaría cerca de nosotros o simplemente fue casualidad.
Lo cierto es que ahí comenzó mi fascinación por Roma.
Después vendrían muchas otras lecturas. Emperadores, generales, guerras, conquistas y personajes que fueron construyendo —y destruyendo— uno de los imperios más extraordinarios de la historia. En años recientes he disfrutado especialmente las novelas de Santiago Posteguillo dedicadas a Julio César, desde su juventud y su ascenso político hasta convertirse en uno de los personajes fundamentales de la historia romana.
Por eso, cuando finalmente llegué a la ciudad, tuve una sensación muy parecida a la que años después experimentaría en Atenas: había lugares que veía por primera vez, pero que de alguna manera ya conocía.
Fue durante aquel viaje que he venido recordando en estas colaboraciones. Después de recorrer Grecia, regresamos en ferry siguiendo nuevamente la ruta de Patras, Igoumenitsa y Corfú hasta Ancona.
Ahí volvimos a recurrir al padre salesiano Ambrosio Boem, quien ya nos había ayudado anteriormente. Le preguntamos si existiría alguna posibilidad de encontrar alojamiento económico en Roma y, siempre dispuesto a ayudar, consiguió que pudiéramos hospedarnos durante tres noches en un convento salesiano muy cerca de la estación Termini.
Tenía mi habitación privada y tenía Roma entera por descubrir.
Era una ciudad diferente a la que encuentra hoy el viajero. Había turismo, naturalmente, pero todavía era posible llegar al Coliseo sin encontrarse con las enormes concentraciones actuales, caminar con mayor libertad por muchos monumentos y decidir sobre la marcha qué visitar. Hoy Roma exige algo más de planeación: para muchos de sus principales atractivos es indispensable reservar con anticipación.
Pero la ciudad sigue ahí.
El Coliseo, el Foro Romano y el Palatino permiten caminar por los escenarios donde transcurrió buena parte de la historia que había leído desde adolescente. La Fontana di Trevi demuestra que una obra monumental puede formar parte de la vida cotidiana. Piazza Navona conserva el espectáculo del barroco romano y la Plaza de España sigue siendo uno de esos lugares donde Roma parece convertirse en escenario.
Y está el Panteón.
Entrar ahí provoca una sensación diferente. El edificio que vemos fue levantado hace casi dos mil años, durante el gobierno del emperador Adriano, y su enorme cúpula continúa desafiando al tiempo. Su óculo abierto al cielo ilumina un espacio que ha sobrevivido imperios, guerras, transformaciones religiosas y generaciones enteras de viajeros.
Roma permite hacer algo extraordinario: entrar caminando a edificios que llevan casi dos mil años esperando nuestra llegada.
Había cuatro letras que encontraba constantemente durante mis recorridos: SPQR.
Aparecían en fuentes, monumentos, alcantarillas y distintos rincones de la ciudad. Senatus Populusque Romanus: el Senado y el Pueblo Romano.
Dos mil años después, aquellas iniciales continúan formando parte de Roma. Me impresionaba encontrarlas incluso en elementos cotidianos porque recordaban que aquí la historia no está encerrada solamente en los museos. Está debajo de los pies, en las paredes y hasta en las tapas de las calles.
También me sorprendían sus fuentes. Roma ha vivido alrededor del agua desde la Antigüedad. Los romanos construyeron una extraordinaria red de acueductos para llevarla hasta la ciudad y esa relación continúa presente en las innumerables fuentes y en los pequeños nasoni donde todavía hoy se puede beber agua.
Muchos años después regresé a Roma en circunstancias completamente distintas.
Había realizado una peregrinación por Tierra Santa acompañando al padre Humberto Vargas, quien fue vicario episcopal en Puebla y a quien recuerdo con enorme cariño. Con él conocí otra Roma.
No solamente la de los monumentos, sino la de los romanos.
Me llevó a trattorias donde comía la gente local, lugares sencillos donde descubrí que conocer una ciudad también significa sentarse donde comen quienes viven en ella.
Roma tiene una gastronomía aparentemente sencilla pero profundamente ligada a su identidad: la carbonara, preparada tradicionalmente con huevo, pecorino romano, guanciale y pimienta; la cacio e pepe; la amatriciana y los supplì. Platillos sin demasiadas complicaciones que dependen de la calidad de sus ingredientes y de una tradición transmitida durante generaciones.
También aprendí una pequeña lección de economía italiana: un café podía costar mucho menos si se tomaba rápidamente de pie en la barra que si uno decidía sentarse tranquilamente en una mesa. El producto era prácticamente el mismo; lo que se pagaba era el espacio y el tiempo.
Son esos pequeños detalles los que terminan explicando una ciudad mejor que muchas guías.
La Roma monumental tampoco termina en el centro. La Basílica de San Pablo Extramuros, una de las cuatro basílicas papales de la ciudad, recuerda desde su propio nombre que fue construida fuera de las antiguas murallas romanas. Según la tradición cristiana, se levanta sobre el lugar donde fue sepultado san Pablo.
San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y, naturalmente, San Pedro permiten comprender otra de las grandes transformaciones de Roma: la capital de los Césares terminó convirtiéndose también en uno de los grandes centros del cristianismo.
Quizá ésa sea una de las razones por las que Roma nunca se termina. Puede conocerse siguiendo a los emperadores, a los primeros cristianos, a los papas, a los artistas del Renacimiento, a los arquitectos del Barroco o simplemente caminando detrás de los romanos que salen a comer. Cada uno encuentra una Roma diferente.
Hace algún tiempo que no regreso y espero hacerlo pronto.
Quiero volver a caminarla sin intentar conocerlo todo. Regresar al Panteón, mirar nuevamente aquellas cuatro letras —SPQR—, entrar a una trattoria sin demasiadas pretensiones y descubrir algún rincón que en los viajes anteriores pasó inadvertido.
Porque después de varias visitas he aprendido algo: Roma no es una ciudad que pueda tacharse de una lista después de haberla conocido.
Siempre queda otra iglesia, otra fuente, otra ruina, otra calle y, debajo de ellas, otra historia.
Mi relación con Roma comenzó a los 14 años, leyendo en inglés las palabras que Shakespeare puso en boca de Julio César.
Muchos años después sigo leyendo sobre él, sigo encontrando nuevas historias de Roma y sigo teniendo la sensación de que todavía me falta conocerla.
Quizá ése sea el verdadero significado de llamar a Roma la Ciudad Eterna. No solamente porque ha sobrevivido durante milenios, sino porque nunca terminamos de descubrirla.
Viajemos juntos.




