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Viajemos Juntos. Trieste, donde Europa se encuentra consigo misma

Hay una ciudad que resume la historia de una Europa en transformación

Ale Cañedo
9 febrero, 2026 2:08 pm

Tendemos a pensar que los mapas que hoy conocemos han sido siempre así. Que las fronteras son permanentes, que los países nacen y permanecen sin alteraciones. Sin embargo, la historia nos recuerda constantemente que las naciones son organismos vivos, que cambian, evolucionan y, a veces, desaparecen. Pocas han conservado intacto su territorio o su identidad desde su fundación. El Imperio Romano, por ejemplo, extendió su poder desde Roma hacia vastas regiones del mundo conocido, pero tras su caída, nuevos pueblos, reinos y estados emergieron de sus ruinas, configurando el mosaico europeo que hoy conocemos.

En ese entramado de cambios y encuentros, hay una ciudad que resume la historia de una Europa en transformación: Trieste, en el noreste de Italia. Aunque hoy forma parte del país de la bota, durante siglos fue un enclave del Imperio Austro-Húngaro, una ciudad portuaria que miraba más hacia Viena que hacia Roma.

Trieste es una joya que muchos viajeros olvidan, tal vez porque no se ajusta al cliché italiano. Aquí no hay el bullicio de Roma, ni la elegancia teatral de Milán, ni los canales fotogénicos de Venecia. Lo que hay es una calma profunda, una arquitectura sobria con toques centroeuropeos, cafés de madera oscura que recuerdan a los de Budapest o Praga, y un puerto que parece una pintura al óleo al atardecer.

Caminar por Trieste es descubrir una ciudad donde no vive una sola historia, sino muchas. No es que sus habitantes hayan llegado de todos lados: es la ciudad la que se ha movido a través del tiempo y los imperios. Por sus calles se siente la influencia italiana, sí, pero también la eslava, la germánica, la balcánica. Y eso se nota en su comida —donde un goulash puede servirse junto a una pasta fresca—, en su idioma —donde muchos hablan esloveno o alemán— y en su actitud: abierta, elegante y con un aire nostálgico.

A muy pocos kilómetros de ahí, junto al mar Adriático, se encuentra uno de los lugares más sorprendentes para los mexicanos: el Castillo de Miramar, un palacio que parece flotar sobre el agua. Aquí vivieron durante un tiempo el archiduque Maximiliano de Habsburgo y su esposa, Carlota de Bélgica, antes de embarcarse hacia una aventura tan ambiciosa como trágica: convertirse en emperadores de México.

En ese castillo, que aún conserva mobiliario, pinturas y símbolos del Imperio, se respira una conexión inesperada entre Europa y América. Fue allí donde Maximiliano aceptó el ofrecimiento de un grupo de mexicanos que buscaban una monarquía europea para nuestro país. Y fue también desde allí que partió hacia un destino que cambiaría su vida y la historia de México para siempre. Nunca regresó. Su cuerpo descansa en Viena. Pero Carlota sí volvió, marcada por la locura y la tristeza, en busca de los ecos de lo que alguna vez fue su hogar y su esperanza.

Hoy, el Castillo de Miramar se puede visitar y es uno de los puntos más fotogénicos y conmovedores de la región. Desde sus balcones se ve el mar, las aves marinas y un horizonte que invita al silencio.

Trieste y sus alrededores también son un festín para los sentidos. Se pueden probar platos como el jota, una sopa espesa con chucrut y frijoles, o los ćevapi, pequeñas salchichas de influencia balcánica, sin olvidar los deliciosos postres centroeuropeos como la sacher o los strudel. En los cafés, siempre bien servidos, el café no es solo una bebida: es un ritual, una herencia vienesa.

Este rincón del norte italiano es un ejemplo perfecto de cómo las culturas no solo coexisten, sino que se enriquecen mutuamente. Trieste no pertenece a una sola historia, sino a muchas. Es un lugar donde el pasado no pesa, sino que inspira.

Viajemos juntos.

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